La final de la Copa del Rey de 1990, disputada el 3 de junio en el estadio de Mestalla, marcó un antes y un después en la historia de Valencia Club de Fútbol. Los Ches se encontraron cara a cara con el poderoso Real Madrid, un rival que había dominado la competición en la década anterior. Para Valencia, este partido no era solo otra final, sino una oportunidad de recuperar el prestigio y el orgullo perdido en el fútbol español.

Desde el primer silbato, la atmósfera en Mestalla era eléctrica, con la afición de Los Ches apoyando a su equipo con fervor inquebrantable. Valencia saltó al campo con un equipo lleno de talento, incluyendo a jugadores icónicos como Fernando Gómez y el legendario portero Zubizarreta. Aunque Madrid se presentaba como el favorito, los jugadores valencianistas estaban decididos a darlo todo en su casa, un factor que sin duda jugó a su favor.

El partido comenzó con un ritmo frenético, y Valencia mostró su intención de atacar desde el primer momento. A medida que avanzaba el primer tiempo, las oportunidades comenzaron a llegar, y el equipo local se adueñó del balón, creando ocasiones que hacían vibrar a los aficionados. Sin embargo, el primer gol llegó de una manera inesperada. En el minuto 30, un tiro libre ejecutado magistralmente por Fernando Gómez sorprendió a la defensa madridista, poniendo a Valencia en ventaja y desatando la locura en las gradas de Mestalla.

A partir de ese momento, el Real Madrid, obligado a reaccionar, intensificó su presión, pero la defensa de Valencia, liderada por un Zubizarreta en estado de gracia, se mantuvo firme. Los Ches, con su estrategia bien organizada, lograron contener los embates de un equipo que contaba con figuras como Butragueño y Hugo Sánchez. El segundo tiempo fue un despliegue de resistencia y determinación por parte de Valencia, que se defendía con uñas y dientes para mantener su ventaja.

El pitido final desató una explosión de júbilo entre los aficionados de Los Ches. Valencia CF no solo ganó la final, sino que también recuperó su identidad y su lugar en el corazón de los valencianos. Este triunfo no solo fue un trofeo más en la vitrina del club, sino un símbolo de la lucha y el espíritu indomable de un equipo que nunca deja de pelear. La final de 1990 sigue siendo recordada como uno de los momentos más mágicos en la historia de Mestalla, un recordatorio de que la pasión y la dedicación pueden superar cualquier obstáculo en el camino hacia el éxito.